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31.03.2010 | 651 lecturas

Finales del pasado verano. Sábado de humores vagos tras la comida. Una amiga nos pone sobre aviso de una fiesta semiprivada que esa noche estará teniendo lugar en Kreuzberg, concretamente en L'Etage, una casa particular (un loft situado en uno de los otrora edificios fabriles a los que se accede desde el patio interior del número 38 de Schlesische Straße, en la parte trasera de lo que fuera el club 103, desde hace un par de semanas nueva residencia del Magnet) que un par de veces al año sus inquilinos vacían con gusto para hacer sitio a grandes juergas. Allí nos plantamos con ánimo entre curioso y festivo para ver -por lo pelos, hubo gente que se quedó en la puerta contemplando el improvisado cartel que avisaba de un aforo reducido y ya completo- cómo una banda aún tímida pero emocionalmente intensa abría la velada desplegando en directo sus canciones desde uno de los ángulos de un inmenso salón congestionado de una extraña energía.

El concierto estuvo lejos de ser una experiencia reveladora, por momentos hasta lo juzgamos poco apropiado para aquel momento y aquel entorno (luego nos enteramos que aquella fiesta era en buena medida la “release party” del nuevo trabajo de aquella banda), pero algo había en las canciones de aquellos cinco jóvenes berlineses (tres chicos y dos chicas), algo relacionado con su humor íntimo y melancólico, con la temperatura emocional de su música, que fue creciendo en el jardín de mi memoria hasta que un par de semanas después me vi rondando de tienda en tienda buscando su disco.

Circle the Yes” se llama el segundo trabajo de I Might Be Wrong, un atractivo artefacto sonoro que vía Sinnbus Records lleva editado en Alemania desde finales del pasado mes de septiembre. Dentro de una preciosa carpeta dibujada por Lisa von Billerneck (voz reservada y alma anímica del grupo) hay espacio para diez temas que oscilan entre lo que se queda volcado hacia adentro y lo que se logra sacar afuera, diez canciones de pop escorado edificadas sobre guitarras y teclados de intenciones post (post-rock preciosista a la manera de Tristeza o The Album Leaf que en ocasiones se anima a vestir disfraces ligeros de indietronica enredadora) que se debaten entre una calma aparente, febril y de sangre agitada, y una suerte de tensión dinámica de raíz post-hardcore que por momentos, en canciones como “A Penny For Your Thought” o “Salomon”, les lleva a sonar como una versión dulcificada y con chica al frente de los últimos A Room With A View. Esos parentescos, en casa de quien firma, son palabras mayores.

Hace cosa de tres semanas que I Might Be Wrong estrenaban vídeo para “Salomon”. No se nos ocurre mejor argumento que esa emocionante canción para invitaros a buscar su disco en alguno de los principales establecimientos digitales o en la Sinnbus-Shop. Cierto es que no todas las canciones en el álbum brillan al mismo nivel, pero cuando atinan, el mundo emocional de I Might Be Wrong engancha sin remedio.

31.03.2010 | 158 lecturas

Tan sólo un puñado de teclas añosas, una caja de ritmos renqueante dedicada a disparar beats de caligrafía básica, y un micrófono envuelto en paños de bruma y hielo le bastan a Molly Nilsson para lanzarse a enamorar en su papel de cronista pop distante y melancólica.

Nacida en algún lugar de Suecia hace 26 años, afincada en Berlín desde hace al menos cuatro, Molly Nilsson (formerly know as White Bread!) dedica sus horas de habitación a construir frágiles y añorantes canciones en clave de lo-fi pop de hechuras electrónicas que a primera vista puede recordar en su economía de medios el romanticismo menesteroso de los primeros The Magnetic Fields. El suyo es un mundo de sofisticado ensueño edificado a base de canciones parcas, repetitivas, que nos invitan a beber de la copa fría de los ochenta after-punk, que evocan la estética estudiada de los primeros new romantics, y reivindican la figura singular de grandes damas de la canción atípica como Anne Clark o Laurie Anderson.

Escuchando la música de la Nilsson a uno le abordan sensaciones contrapuestas. Difícilmente esas bases flacas, a menudo sonando a acompañamiento pregrabado, a preset de un viejo Casio borracho de nostalgia, llamarían nuestra atención por sí solas, y sin embargo hay algo encerrado entre los pocos pliegues de sus mejores canciones que intriga, que te hace querer saber más. El valor diferencial de su música reside en su atmósfera húmeda, en unas letras sencillas cargadas de soledad urbana y anhelos, en ese timbre de voz sobrio y contenido que parece instalado en un plano de materialidad intermedia en el que la realidad se funde con los sueños y la fantasía escapista.

Después de pasear su música por galerías de arte, bares y clubes de la ciudad, Molly Nillson se autoeditaba a finales del 2008 un primer disco artesano (“These Things Take Time”, aún disponible en formato físico aquí) que entre momentos aún demasiado escualidos incluía gemas sin pulir, tan mínimas pero extrañamente evocadoras, como estas:

Molly Nilsson - Hey Moon!

El pasado verano, Molly se lanzaba a fundar sello propio -Dark Skies Association- para poner en la calle “Europa”, un segundo largo en el que esta sueca de gesto siempre severo se muestra algo más generosa y crecida a nivel musical, estirando su paleta cromática a base de pianos, de programaciones electrónicas algo más esmeradas, y hasta de guitarras de claro sabor after-punk.

Molly Nilsson - Truth

Se anuncia tercer álbum de Molly Nilsson para mediados de esta primavera. Además tiene que estar al caer (se anunciaba para febrero, pero servidor no lo ha visto por ningún lado) el primer EP de Sound and Image Network, interesante proyecto instrumental de inspiración psicogeográfica del que también forma parte Nilsson. Si podemos tomarnos las pocas canciones conocidas de Sound and Image Network como señal de algo, ese tercer álbum de título y contenidos aún inciertos promete ser un gran paso adelante para esta cronista romántica del Berlín sumergido y arty. Tendremos que estar atentos.

31.03.2010 | 210 lecturas

Con el levantamiento del Muro, Berlín Oeste se convirtió en una auténtica isla, una ciudad subvencionada por los poderes de Occidente que en los mapas de la época solía aparecer rodeada de una amorfa extensión blanca correspondiente a los dominios de la RDA. Esa condición insular, unida a una serie de concesiones especiales (por ejemplo, los jóvenes alemanes residentes en el Berlín occidental estaban exentos de la obligación de cursar el servicio militar, además abundaban los subsidios estatales, y en zonas como Kreuzberg los alquileres eran tan baratos que la gente podía permitirse el vivir sin casi trabajar), pronto hicieron de la ciudad un imán para todo tipo de gentes bohemias y “geniale dilletanten” que favorecieron la evolución de un peculiar e idiosincrásico habitat de tintes existencialistas en el que casi siempre importaba menos el mañana que el aquí y ahora.

De aquella mezcla de “no future” y curiosidad existencialista da buena cuenta este curioso corto rodado por Rolf S. Wolkenstein y Wolfgang Hogekamp en 1989, una breve pieza documental bautizada “Kampftrinken” que nos muestra a una serie de jóvenes entregados a un concurso de bebedores en el Blechkiste de Kreuzberg, uno de aquellos lugares (como el Risiko, el SO36, el Zest, el Milchbar, o el Kumpelnest) que eran punto de encuentro de todo tipo de vividores y gentes creativas del West Berlin underground. Las reglas del certamen: cada cinco minutos, ronda de tequilas, y el que falte a una ronda, descalificado. El ganador llegó a encajar cuarenta tiros de alcohol. Así acaban como acaban.

El film forma parte de “Blechkiste Berlin”, uno de los varios títulos disponibles en formato DVD (otro es el muy recomendable “Berlin Super 80”) dedicados a documentar parte de la producción de aquella bulliciosa e individualista escena de cineastas underground (cineastas a menudo estrechamente relacionados con los más relevantes agentes de la escena musical de la época) que germinó en el Berlín Oeste en tiempos after-punk.
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