Finales del pasado verano. Sábado de
humores vagos tras la comida. Una amiga nos pone sobre
aviso de una fiesta semiprivada que esa noche estará teniendo lugar
en Kreuzberg, concretamente en L'Etage,
una casa particular (un loft situado en uno de los otrora
edificios fabriles a los que se accede desde el patio interior del
número 38 de Schlesische Straße, en la parte
trasera de lo que fuera el club 103, desde hace un par de
semanas nueva residencia del Magnet) que un par de veces al
año sus inquilinos vacían con gusto para hacer sitio a grandes
juergas. Allí nos plantamos con ánimo entre curioso y festivo para
ver -por lo pelos, hubo gente que se quedó en la puerta contemplando
el improvisado cartel que avisaba de un aforo reducido y ya completo-
cómo una banda aún tímida pero emocionalmente intensa abría la
velada desplegando en directo sus canciones desde uno de los ángulos
de un inmenso salón congestionado de una extraña energía.
El concierto estuvo lejos de ser una
experiencia reveladora, por momentos hasta lo juzgamos poco apropiado
para aquel momento y aquel entorno (luego nos enteramos que aquella
fiesta era en buena medida la “release party” del nuevo trabajo
de aquella banda), pero algo había en las canciones de aquellos
cinco jóvenes berlineses (tres chicos y dos chicas), algo
relacionado con su humor íntimo y melancólico, con la temperatura
emocional de su música, que fue creciendo en el jardín de mi
memoria hasta que un par de semanas después me vi rondando de tienda en
tienda buscando su disco.
“Circle the Yes” se
llama el segundo trabajo de I Might Be Wrong, un atractivo
artefacto sonoro que vía Sinnbus Records lleva editado en
Alemania desde finales del pasado mes de septiembre. Dentro de una
preciosa carpeta dibujada por Lisa von Billerneck (voz
reservada y alma anímica del grupo) hay espacio para diez temas que
oscilan entre lo que se queda volcado hacia adentro y lo que se logra
sacar afuera, diez canciones de pop escorado edificadas sobre
guitarras y teclados de intenciones post (post-rock preciosista a la
manera de Tristeza o The Album Leaf que en ocasiones se
anima a vestir disfraces ligeros de indietronica enredadora) que se
debaten entre una calma aparente, febril y de sangre agitada, y una
suerte de tensión dinámica de raíz post-hardcore que por momentos,
en canciones como “A Penny For Your Thought” o “Salomon”,
les lleva a sonar como una versión dulcificada y con chica al frente
de los últimos A Room With A View. Esos parentescos, en casa de quien
firma, son palabras mayores.
Hace cosa de tres semanas que I Might Be Wrong estrenaban vídeo para
“Salomon”.
No se nos ocurre mejor argumento que esa emocionante canción para invitaros a
buscar su disco en alguno de los principales establecimientos
digitales o en la Sinnbus-Shop. Cierto es que no todas las canciones
en el álbum brillan al mismo nivel, pero cuando atinan, el mundo
emocional de I Might Be Wrong
engancha sin remedio.
Tan sólo un puñado de teclas añosas,
una caja de ritmos renqueante dedicada a disparar beats de caligrafía básica, y un micrófono envuelto
en paños de bruma y hielo le bastan a Molly Nilsson para
lanzarse a enamorar en su papel de cronista pop distante y
melancólica.
Nacida en algún lugar de Suecia hace
26 años, afincada en Berlín desde hace al menos cuatro, Molly Nilsson (formerly know as White Bread!) dedica sus horas de
habitación a construir frágiles y añorantes canciones en clave de lo-fi
pop de hechuras electrónicas que a primera vista puede recordar en su economía de medios
el romanticismo menesteroso de los primeros The Magnetic Fields. El suyo es un mundo de sofisticado ensueño edificado a base de
canciones parcas, repetitivas, que nos invitan a beber de la copa
fría de los ochenta after-punk, que evocan la estética estudiada de
los primeros new romantics, y reivindican la figura singular de
grandes damas de la canción atípica como Anne Clark o Laurie Anderson.
Escuchando la música de la Nilsson a uno le abordan sensaciones contrapuestas. Difícilmente esas bases flacas, a
menudo sonando a acompañamiento pregrabado, a preset de un viejo
Casio borracho de nostalgia, llamarían nuestra atención por sí
solas, y sin embargo hay algo encerrado entre los pocos pliegues de sus mejores canciones que intriga, que te hace querer saber más. El valor diferencial de su música reside en su atmósfera
húmeda, en unas letras sencillas cargadas de soledad urbana y
anhelos, en ese timbre de voz sobrio y contenido que parece instalado
en un plano de materialidad intermedia en el que la realidad se funde
con los sueños y la fantasía escapista.
Después de pasear su música por
galerías de arte, bares y clubes de la ciudad, Molly Nillson se
autoeditaba a finales del 2008 un primer disco artesano (“These
Things Take Time”, aún disponible en formato físico aquí)
que entre momentos aún demasiado escualidos incluía gemas sin pulir, tan
mínimas pero extrañamente evocadoras, como estas:
El pasado verano, Molly se lanzaba a
fundar sello propio -Dark Skies Association- para poner en la
calle “Europa”, un segundo largo en el que esta sueca
de gesto siempre severo se muestra algo más generosa y crecida a nivel musical, estirando su paleta
cromática a base de pianos, de programaciones electrónicas algo más
esmeradas, y hasta de guitarras de claro sabor after-punk.
Se anuncia tercer álbum de Molly
Nilsson para mediados de esta primavera. Además tiene que estar
al caer (se anunciaba para febrero, pero servidor no lo ha visto por
ningún lado) el primer EP de Sound and Image Network,
interesante proyecto instrumental de inspiración psicogeográfica del
que también forma parte Nilsson. Si podemos tomarnos las pocas
canciones conocidas de Sound and Image Network
como señal de algo, ese tercer álbum de título y contenidos aún inciertos
promete ser un gran paso adelante para esta cronista romántica del
Berlín sumergido y arty.
Tendremos que estar atentos.
Con el levantamiento del Muro, Berlín Oeste se convirtió en una auténtica isla, una ciudad subvencionada por los poderes de Occidente que en los mapas de la época solía aparecer rodeada de
una amorfa extensión blanca correspondiente a los dominios de la
RDA. Esa condición insular, unida a una serie de concesiones
especiales (por ejemplo, los jóvenes alemanes residentes en el
Berlín occidental estaban exentos de la obligación de cursar el
servicio militar, además abundaban los subsidios estatales, y en zonas como
Kreuzberg los alquileres eran tan baratos que la gente podía
permitirse el vivir sin casi trabajar), pronto hicieron de la ciudad
un imán para todo tipo de gentes bohemias y “geniale dilletanten”
que favorecieron la evolución de un peculiar e idiosincrásico
habitat de tintes existencialistas en el que casi siempre importaba menos el
mañana que el aquí y ahora.
De aquella mezcla de “no future” y
curiosidad existencialista da buena cuenta este curioso corto rodado
por Rolf S. Wolkenstein y Wolfgang Hogekamp en 1989, una
breve pieza documental bautizada “Kampftrinken” que
nos muestra a una serie de jóvenes entregados a un
concurso de bebedores en el Blechkiste de Kreuzberg, uno de aquellos lugares (como el Risiko, el SO36, el Zest, el Milchbar, o el Kumpelnest) que eran punto de encuentro de todo tipo de vividores y gentes creativas del West Berlin underground. Las
reglas del certamen: cada cinco minutos, ronda de tequilas, y el que
falte a una ronda, descalificado. El ganador llegó a encajar cuarenta tiros de alcohol. Así acaban como acaban.
El film forma parte de
“Blechkiste Berlin”, uno de los varios títulos disponibles en formato DVD
(otro es el muy recomendable
“Berlin Super 80”) dedicados
a documentar parte de la producción de aquella bulliciosa e
individualista escena de cineastas underground (cineastas a menudo estrechamente relacionados con los más relevantes agentes de la escena musical de la época) que germinó en el
Berlín Oeste en tiempos after-punk.