Casi
cuatro años les ha costado a Wolfmother parir su segundo trabajo, tarea que se antoja hercúlea a tenor de su aclamado y homónimo álbum de debut. Lógico el retraso por otra parte, porque -más allá de la interminable gira de presentación- la banda saltó en pedazos cuando, en agosto de 2008,
la contundente base rítmica decidió abandonar la nave por los manidos “irreconciliables diferencias personales y musicales” con el cantante. Pero lejos de amedrentarse, el gritón
Andrew Stockdale reclutó a tres músicos y en menos de un año ya estamos en disposición de valorar si ha salido airoso del siempre difícil trance del segundo álbum. Un tópico, sí, pero cobra especial relevancia en esta ocasión por el mencionado -y traumático- cambio de formación y el apabullante éxito de su primer trabajo, que les proporcionó unas jugosas ventas y un auténtico saco de galardones, incluido un Grammy gracias a la canción “Woman”, hasta el momento el mayor himno melenudo del siglo XXI. Y es que uno de los principales méritos de la banda australiana es haber conseguido que miles de indies -que en su vida habían escuchado a Black Sabbath o Blue Cheer acabaran- agitando sus cuellos, dejándoles al límite del esguince cervical.
Podríamos decir que Andrew no ha llegado a sucumbir del todo a los lógicos cantos de sirena que suelen desencadenar las mieles del éxito, pero sí es cierto que la fierecilla ha sido medio domada y que
del salvajismo hard rockero que exhibieron en sus primeros tiempos ya sólo queda su histriónica voz –un auténtico tributo al Robert Plant más andrógino- y algunos riffs que se han mantenido deliciosamente indómitos. En realidad tampoco se le puede culpar, porque The Darkness, Jet y The Datsuns, entre otros, también patinaron con sus segundas entregas, aunque en descargo de
Wolfmother hay atenuantes: la situación es muy distinta a la que vivía en 2005, cuando se gestó “
Wolfmother”, una obra concebida por tres amigos empujando en la misma dirección, trabajando juntos, compenetrados, con hambre de gloria y rock and roll. Ahora Andrew está solo –en realidad estamos ante otra banda-, nadie le ha ayudado en la composición y mil dudas le habrán asaltado mientras planeaba este segundo asalto, porque el mainstream acaba fagocitando a los artistas que gozan del éxito, que disfrutan de las limusinas y de todo lo que implica ser una estrella del rock. Y eso se nota... “Cosmic Egg” es un buen disco, sí, pero no nos engañemos, no alcanza el nivel de su predecesor.
Con un título sacado del nombre una de las posturas que Andrew practicó en clase de yoga, el huevo cósmico se abre con “California Queen”, una frenética galopada guitarrera que con su riff trepidante tiende algún que otro puente hacia el universo paralelo –aunque más melódico- de los Soundtrack Of Our Lives. “New Moon Rising”, la stoniana “White Feather” y “Sundial” mantienen el tipo, aunque les falta gancho para ser letales y ya se atisba una pérdida de ese instinto asesino que los aussies exhibieron hace cuatro años:
hay más rock y menos hard, algo que no es intrínsecamente negativo, pero que evidencia una salida por la tangente de su sonido original, ése con el que se dieron a conocer hace unos años y que les catapultó al estrellato. La primera verdadera sorpresa llega con la influencia lennoniana de la atmosférica “In The Morning”, que de nuevo evoca a los suecos liderados por Ebbot Lundberg, campeones de los pesos pesados de la psicodelia pop y guitarrera de los últimos quince años. Si las bandas de hard de los setenta sirvieron para que Spinal Tap crearan la música de su genial parodia, parecen ser precisamente éstos los que inspiren a
Wolfmother en el machacón riff inicial de “10,000 Feet”, una auténtica plancha de plomo que junto a “Cosmic Egg” se convierte en uno de los platos más contundentes del álbum.
El problema llega cuando
se emulan también los peores vicios de los melenudos con mallas apretadas, como en la empalagosa y ñoña “Far Away”: una balada con la vocación y capacidad de levantar cientos móviles encendidos, la versión 2.0 de esos caducos mecheros que, además de quemar un buen número de chinas, debieron chamuscar más de un cardado en los ochenta. Tras semejante sonrojo y a estas alturas del disco el cuerpo pide guerra y “Pilgrim” resulta insulsa y aburrida, suena a refrito de lo ya escuchado y la intro de dos minutos de “In The Castle” no es ni mucho menos la solución porque invita al uso del “fast forward” en una infructuosa búsqueda de un pasaje aprovechable que concluye con el arranque de “Phoenix”, un viaje astral que te lleva directamente a los Queens Of The Stone Age más inspirados. Habría sido un buen final para el disco, infinitamente mejor que la innecesaria épica de la aburrida “Violence Of The Sun”. Cierra el bonus track, “Black Round”, un tema machacón -y con cierto encanto- que sirvió de adelanto del álbum en descarga desde la web de la banda y que ya fue interpretada en directo cuando todavía estaban en la banda los añorados Chris Ross y Myles Heskett. Es el problema de la era digital, las bandas se empeñan en aprovechar la capacidad del compacto y acaban incluyendo unos cuantos temas de relleno que en la mayoría de los casos restan interés a un álbum que, pese a no colmar ninguna expectativa, te puede hacer pasar un buen rato.