El término rock alternativo cristiano podría aplicarse a este álbum. Un terreno resbaladizo, y más en un país como España, tan poco pendiente de su trasfondo religioso en los últimos años, salvo cuando es para utilizarlo (desde aquí, un saludo a Monseñor Rouco Varela) para la manipulación populista. Pero para
John Darnielle, líder y casi todo de los prolíficos
The Mountain Goats (que en dieciocho años han publicado dieciséis o diecisiete discos: la cifra depende de la referencia consultada),
la Biblia se convierte en este álbum en el espejo y guía donde reflejar sus luchas y experiencias de los últimos años.
Pasamos del Jardín del Edén a la cama en la que languidece un enfermo terminal de cáncer –es su suegra- y de ahí a un cielo “en el que explotan las nubes y entonces el desierto florece; alguien deberá fregar este suelo para mí”, sin olvidarnos del infierno, al que John nos dice que bajemos para “semblar uvas”. Si, leído a cinco centímetros de distancia puede parecer la obra de un baptista sureño iluminado. Pero con una mayor distancia, ergo perspectiva, y con la música que lo acompaña –de una lenta cadencia melódica- ejerciendo de intermediario, la sensación es otra: Darnielle ofrece aquí lo suyo de casi siempre –
historias sobre desesperación, dudas y redención-, solo que esta vez servidas en bandeja bíblica. Que no sea la cubierta la que nos haga juzgar el libro (ahora el saludo es para Bo Diddley).
Conclusiones / valoración:
doce buenas historias, como viene siendo habitual en quien está considerado uno de los mejores letristas del indie rock, con la sombra de la muerte y el más allá muy presentes y servidas sobre un manto de canciones a cuyo volante se sienta un piano algo pedestre; el copiloto, unos arreglos acústicos y limpios, por momentos casi minimalistas –los de la sección de cuerda los firma Owen Pallett (Final Fantasy)-. Sobre eso la voz contemplativa de Darnielle ejerce de sacerdote sedante y paño caliente.
El disco acaba haciéndose repetitivo y pesado escuchado del tirón, porque le falta algo de sal y pimienta a este filete, pero en pequeñas dosis o con la voluntad de “concentrarse y estudiarlo” da de sí, porque no es una obra que se recline en el confort emocional.