El estreno de
Julian Casablancas al margen de The Strokes llama la atención a primera vista. En portada, el estiloso cantante escucha la voz de su amo –el fonógrafo que amenaza con dejarle sordo– mientras el perro Balki aguarda la voz del suyo, que ya no es el célebre fonógrafo, sino el propio Casablancas.
Un juego a propósito del logo "His Master's Voice" que, en su momento, fue utilizado por RCA, la compañía que puso a The Strokes en el mapa. El neoyorquino asegura que la instantánea salió por casualidad, pero cuesta creerle.
El título del disco también merece ser tenido en cuenta, porque está inspirado en una pequeña colección de aforismos de Oscar Wilde que fue publicada en una revista universitaria, a finales del diecinueve. Con la obra del genio dublinés en mente,
Casablancas asocia un epigrama a cada canción, lo cual nos permite aproximarnos a su estado de ánimo. "Ser bueno es lo más importante cuando los demás no lo son", "la embriaguez es cobardía, la sobriedad es soledad" o "habla de los ausentes como si estuvieran escuchando" son algunos de los puntos que contempla su actual programa vital. Y conviene tenerlos en cuenta, porque los textos del neoyorquino hurgan en el malestar propio y colectivo con hondura y sinceridad.
En lugar de irse por las ramas, Casablancas escribe sobre aquello que conoce y localiza la acción en escenarios siempre familiares, de forma general –"River of Brakelights"– o concreta: "Ludlow St." es una de la calles de mayor vida nocturna en el Lower East Side.
Sus canciones nos hablan de alienación individual y colectiva, de relaciones en peligro de extinción, de culpa y arrepentimiento, de América y todos los demás. Son sólo ocho cortes, pero el reloj se para en el minuto cuarenta. Haber incluido alguna canción más habría sido un error, porque no todas ellas rayan a semejante altura. "Out Of The Blue", "Left & Right In The Dark", la muy electro "11th Dimension" y "River Of Brakelights" establecen conexión directa con The Strokes, aunque parte de su fuerza se diluye en una corriente de sonidos sintéticos que tornan mecánicos en "Tourist" o se mezclan con aromas campestres en "Ludlow St.". Mención aparte para "4 Chords Of The Apocalyse", construida con patrones negros que remiten a "Time Is On My Side" popularizada, hace más de cuarenta años, por The Rolling Stones.
Habida cuenta de lo poco que les ha lucido el pelo a sus compañeros –ni Little Joy, ni Nickeleye, ni los discos por cuenta propia de Albert Hammond Jr. fueron gran cosa–, "Phrazes For The Young" se perfila como
el bálsamo adecuado para hacer más llevadera la espera del cuarto álbum de The Strokes. No sólo es el que más se aproxima a los logros de la banda nodriza, también es el que mejores canciones contiene.