Quizás nada tan cierto como que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Para bien y para mal. Y mira por donde, mientras buena parte se esa pléyade de celebradas reliquias –sin nombres, no quiero ser cruel- deambula entre lo grotesco y el olvido, la chica del “Chas y aparezco a tu lado”, es hoy toda una -casi- intocable musa de culto.
Y la verdad, no es para tanto. Sí, fui de los primeros en saludar que calzara botas de rock sin perder la clase mientras se lanzaba, con la ceja arqueada, al aprendizaje de la música y la vida. Pero sus aplaudidos trabajos del periplo americano, por muy Sonic Youth de fondo, no me pasan de esforzados, ateridos manifiestos de impostura melancólica, redimidos solo por un sincero afán de búsqueda expresiva. Y claro -confieso mi fetichismo-, por ella.
Por suerte, esto es otra cosa. La promesa cumplida tras años de espera. El disco que culmina, de momento, las expectativas de sus seguidores. Es como si toda esa experiencia acumulada: 27 años de trayectoria: 11 álbumes; múltiples actividades (cine, televisión, etc.); 14 años y dos críos con Ray Loriga, un doloroso divorcio y una- al parecer- turbulenta resurrección, cristalizara por fin, a sus increíbles, maravillosos 44 años, en un hermoso trabajo, salpicado de sabiduría, sobriedad, ironía felina, hallazgos y esas melodías que siempre quisiste oírla.
Nada de complejidades estériles. Canciones que retoman lo esencial. Firmes. De trazo sólido e interior frágil. Clásicas e imaginativas. Seda y cristal con la rugosidad precisa. Rock terso a ritmo medio, guitarras con paisaje, chelos y perezosos zigzags de sensualidad al acecho. Donde todo, música, voz, arreglos, parecen al servicio de esa sugerente entonación. De su intacta personalidad. Páginas de un diario personal, en castellano, del ronroneo al recitado, musitando sin rubor, delaciones íntimas. Secuencias desnudas de un nueva búsqueda vital, desde la perspectiva de su experiencia -¿madurez?-, entre sexo, sinceridad, recelo y vulnerabilidad mientras saca uñas o asume lo enrevesado de la relación con su nueva pareja.
Si “Verano Fatal” fue un trailer irregular de confidencias privadas y guiños explícitos -por ambas partes- sobre su reciente affair con Nacho Vegas, “Tu labio superior” es no solo su disco mas completo, sino la crónica de un reencuentro. Con lo mejor de si misma. De strip-teases lo suficientemente ambiguos para mantener el misterio (“Nadie como tu”). O tan directos como “La distancia adecuada”, donde Christina le devuelve acuse de recibo a aquel “Me he perdido” de Nacho destapando lo difícil de rivalizar con esa substancia (señorita) que rima conmigo y te gusta mas que mi canción…
El disco se mece entre suaves paseos neoyorquinos con pose afrancesada (¿Ivy?) y rock taciturno y ascético (“Las Horas”), pero caben historias de venganza (“Tres minutos”), casi Dinosaur Jr. en su estribillo killer, o piezas luminosas, preciosas y sexys, animadas por fantásticas guitarras con vibrator, con -de nuevo- Tim Foljahn (Two Dóllar Guitar), como “Tu boca”, que salvaría cualquier disco. Y no es la única. Negro cinturón es otra. Dinámica, juguetona e irónica con esa balanceo music-hall-cabaret que tan bien filtró Lou Reed en su “Berlin”.
“Eclipse”, insinúa un western sombrío. Horizontes desprotegidos para una seductora crónica de cambio de papeles -dominación-sumisisión- que termina con ecos de Nick Cave. Gainsbourg-Birkin-Hardy reviven en “Anoche”, entre fondos escabrosos afines a algunos de los implicados: Steve Shelley o Chris Brokaw, quien precisamente inspiró la revisión de “In the evening”, -un blues, años 20 (Leroy Carr)- como lo hubieran hecho los Fleetwood Mac de “Kiln House”. Y para cierre (“Alta Tensión”), guitarras y resonancias beatlemanas.
Canciones, en fin, con vida palpitante. Creíbles. Sin artificio. Todo un memorable regreso que incorpora múltiples facetas de un largo viaje –artístico y personal- para una artista felina que, serena, furiosa o anhelante, nunca ha estado tan cerca de ver su propia luz.