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Tanned Tin
02.02.10
Resumen Tanned Tin 2010
 ENVIAR A UN AMIGO  VISTA DE IMPRESIÓN
Texto: Daniel Cantó
Fotografía: Daniel Cantó
Giant Sand, Luke Haines, Dean & Britta, Aidan Moffat o Sir Richard Bishop fueron algunos de los artistas destacados de la nueva edición el festival, celebrado la pasada semana en Castellón.
El Tanned Tin crea comunidad. Y no estoy hablando de esas comunidades ficticias en las que todo el mundo se cree amigo o que tiene la oportunidad de compartir una fiesta en un momento concreto. El sentimiento de comunidad que crea el Tanned Tin es el que contados festivales consiguen este país. Es la idea de repetir año tras año en un lugar extraño, en una ciudad en la que el festival casi pasa por desapercibido (la asistencia local ronda el 20 por ciento del total del público) y con un cartel atípico y arriesgado como pocos, capaz de abrir boca con grupos que darán que hablar en citas veraniegas (o primaverales) y con grandes nombres recuperados para la ocasión.

El Tanned Tin se nutre del movimiento migratorio, de esas ficticias vacaciones de medio invierno, de las cervezas de mediodía, de las cenas a base de tapas. De situaciones dispares en las que Howe Gelb puede estar tocando la guitarra en el bar en el que caíste por accidente o Aidan Moffat puede tocar para cuatro personas en una plaza. Este movimiento inspirador no solo atrae al público, sino que hace que bandas y proyectos dispares puedan llegar a colisionar durante el festival y dar lugar a nuevas formaciones.

Pero todo este movimiento tembló a finales de verano, cuando todo apuntaba que las tierras castellonenses no acogerían una nueva edición de la cita. Tras idas y venidas, la nueva localizacón Valladolid, se quedó en apenas un cartel para el recuerdo, pero el vaivén de fechas (la primera cita iba a ser en Noviembre) hizo que nombres muy interesantes como Polvo o Thurston Moore abandonaran la cita. Rehacer el cartel en tan poco margen tiene mérito, pero las prisas, como en todo, no son buenas compañeras.

Nombres atractivos no faltaban en el cartel, pero entre ellos muchos entraban o en el grupo de los repetidores o de los que actualmente estaban de gira por nuestro país. Un festival que destaca por las sorpresas y por los nombres minúsculos tiraba en esta ocasión de pequeños grandes nombres. Su atracción en muchos casos era inevitable (Luke Haines, Dean & Britta, Aidan Moffat, Giant Sand, Sir Richard Bishop o Robin Guthrie), pero para un festival que sigue puede sentirse orgulloso de haber traído por primera vez a Animal Collective o a Herman Düne, la prueba de fuego no estaba en los nombres con mayúsculas. Pero no nos desviemos a hipótesis de cómo podría haber sido o nos dejemos llevar por la nostalgia de anteriores, puesto que el cartel de este año seguía siendo a todas luces envidiable. Allí estaban razones suficientes como para que cada loco de la música estructurara su propio festival.

Entre los que se dejaron sucumbir por las cabezas de cartel ahí estaba el tan anunciado homenaje de Howe Gelb y sus Giant Sand a Johnny Cash, un verdadero duelo de titanes en el que ganó, aunque el intento tiene mérito, el hombre de negro. Banda de versiones no podía pensarse mejor para dicho homenaje, pero toda la rabia contenida del "Live at San Quentin" se diluyó en el respeto y muchos llegamos a desear verlos con su propio repertorio más que preocupados por el de terceros. No olvidemos que no fue el único que se enfrentaba, con mayor o menor a sacar las partituras del baúl de los recuerdos pues ahí estuvieron Dean Wareham repasando el repertorio de Galaxie 500 o Luke Haines y sus guiños a The Auteurs. Algo que evitó a toda costa Aidan Moffat y sus Best Offs en un memorable concierto que consiguió que los pocos asistentes que quedaban a última hora del jueves se olvidaran por completo del legado de Arab Strap.

Pero para regresos el de Third Eye Foundation, que más que sacudirse el polvo consiguieron hipnotizar a una platea adormecida por momentos. Con la ausencia de Yann Tiersen por la muerte de un allegado, el sonido Bristol podía desplegarse en su máxima expresión. Los que tuvimos ocasión de verlo desde los palcos acabamos extasiados con el ir y venir de loops, teclas y trucos que se unían en esa caótica y vibrante orquesta que alguien tuvo el valor un día de etiquetar como Drum &Bass pero que dejaría a la altura del zapato a todos aquellos que alguna vez compartieron ese estilo.

En territorios más pop hay que destacar tanto unos viejos conocidos, The Wave Pictures, como unos que pronto se convertirán en habituales, The Wowz. Los primeros porque dieron de nuevo un genial y simpático show aún careciendo de hits de su anterior trabajo, celebrando de paso el cumpleaños de David Tattersall por duplicado, con un concierto en acústico con la banda completa acompañándole con palmas y guitarra. Y apunten ya a The Wowz, una suerte de Byrds con toques de ironía neoyorquina y buen rollo californiano, medio folk y medio cabaret, inclasificables e increíblemente divertidos y que, aunque desconocidos para la mayoría, consiguieron levantar al auditorio como nadie y dejaron a más de uno con las manos rojas de aplaudir por el que muchos afirman que fue el mejor concierto del festival. Si repiten en breve no le quiten ojo a Julie Lamendola, del grupo Chip Chop Song, que les acompaña con sierra y una voz tan potente como carismática. Mención especial a los íntimos shows que Joe Pernice y The Clientele ofrecieron en el festival, defendiendo ambos el pop preciosista y brillante, mimado con cariño hasta el último detalle.

Pero como ya hemos dicho, el Tanned Tin tiene un hueco especial para las raras avis (por si los anteriores no lo fueran suficiente), para los inclasificables. Y si hay alguien que encaje en esa no categoría es David Thomas Broughton. Y es que lo hemos visto correr, hacer música con las sillas e intentar sorprendernos de todas las maneras, pero nunca es suficiente porque el Buster Keaton de la música folk sigue empeñado en sacar el personaje que lleva dentro para divertimento del personal y para demostrar que la magia (de la música) puede y debe ser divertida sin que pese el truco.

Mucho más íntimos fueron los conciertos de Yann Tambour (Thee, Stranded Horse) entrelazando sus dedos cual hilandera, perdiéndose entre las cuerdas de su kora o de su guitarra e hipnotizándonos, o la canadiense Liz Hysen (Picastro) que acompañada al chelo por Nick Storring, arrastró a muchos por las tétricas y misteriosas composiciones de su proyecto. O unos Arborea que a punto estuvieron de suspender el concierto por la enfermedad de Buck Curran, aunque al final sacaran fuerzas para presentar su último disco 'House of Sticks' y defenderlo contra viento y marea, pues parece que hasta en la tempestad pueden crecer las raíces de su onírico folk.

Asignatura pendiente para la próxima edición es acabar de definir los conciertos matutinos, renombrados como 'Los Aperitivos del Tanned Tin'. Movidos del Casino Principal a la Sala Opal de otro Casino, el del Grao, la programación rezaba algo así como copas y conciertos acompañados de catering. Algo de agradecer, pero que dio instantáneas tan atípicas como un Jason Urick convertido casi en Dj de acompañamiento y una actuación de Sir Richard Bishop en el que era imposible apreciar matices entre las charlas y el ir y venir de platos. Seguro que hay mejores maneras de conciliar estómago y oído, pero eso ya es cuestión de cada uno. Suerte que el respeto volvió cuando el hambre estaba ya saciada, para un sentido homenaje al recientemente fallecido Jack Rose (que formaba parte del cartel propuesto para Valladolid) a cargo de las cuerdas de Joseff Van Wissem, Buck Curran y Sir Richard Bishop.

En los pasillos, en la barra, en la plaza, casi siempre con una cerveza en la mano la comunidad hablaba. Son muchos años en el Tanned Tin y no era difícil que cayeran las comparaciones con otros años, pero el veredicto dista de ser negativo. Nadie niega que hubieron mejores años, que este año ha sido un Tanned Tin a medio gas, presa de la urgencia de sacar un festival a tiro hecho, pero ahí se queda. Nadie dice que haya sido una mala edición, más bien que hubieron mejores. Pero nadie niega todo lo que ha disfrutado del festival y que no volvería a comprar la entrada con los ojos cerrados. Porque festivales como este, por desgracia, no sobran en nuestro país y eso también crea comunidad.

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