El trío inglés cautiva en Madrid con dos horas de viaje sonoro por los rincones de sus canciones
Varias certezas tuvieron a bien coincidir el sábado noche en el Palacio de Deportes de Madrid. Una noche de carretera y viaje astral en buena compañía. Por un lado, la seguridad de que
el espectáculo de Muse es uno de los más importantes eventos musicales del planeta, a la altura de los más grandes. La banda hace un ruido atroz para ser sólo tres músicos, lleva consigo uno de los mejores juegos audiovisuales que se pueden ver y sus canciones son viajes a través del sonido. La otra certeza la presentó la ciudad, que dio una nueva lección de adaptación lírica de cualquier estrofa a un “lo, lo, lo, lo”, en donde todo encaja, desde el “Hell Bells” de ACDC, a todos los estribillos de
Muse. En España nos gusta cantar, sepamos la letra o no.
Muse lleva años cultivando el directo, entregándose a los escenarios. Hay grupos que son para el estéreo del salón, otros se defienden mejor en salas pequeñas; algunos, muy pocos, son grupos ideales para los grandes espacios: festivales, pabellones, palacios
. Muse se defiende bien en esas batallas, se ven cómodos entre rayos láser que cruzan el cielo del pabellón, entre toneladas de decibelios y pantallas gigantes que replican sus rostros en tres edificios, tres rascacielos.
Así aparecieron, en mitad de la nada, cinco metros sobre el suelo, en escenarios individuales a media altura de las tres torres-pantallas de más de veinte metros que ocupaban el escenario. Y explota “Uprising”, un tema viral que invita a la revolución con las letras proyectadas sobre la banda a modo de karaoke. “
No nos forzarán / Dejarán de degradarnos / No nos controlarán / Nosotros saldremos victoriosos”. Las 15.000 personas, que habían agotado las entradas meses atrás, saltaban en éxtasis, el viaje había empezado. “The Resistance” mantuvo la misma idea, la misma dirección en el viaje sonoro de la banda, un viaje que pasó por guitarras salvajes, por la voz de
Matt Bellamy replicando el recuerdo del desaparecido Freddy Mercury, por momentos operísticos, arreglos magníficos y momentos de rock intenso. No es fácil clasificar al grupo,
Muse es
Muse, no hay muchos más parecidos.
“New Born”, el primer recuerdo a sus anteriores trabajos, desató la paranoia. Aquello era real, estaba ocurriendo a pesar del clima de ensoñación que generaban los efectos de las pantallas. Arrancaban los “lo, lo, lo” y el público se convertía en un instrumento más. “Supermasive Black Hole“, el piano de “United States of Eurasia”, la bonita versión de “Feeling Good”, el subidón de “Starlight” y la demencia de “Plug in Baby”. Un chico joven se desmaya, otra chica vomita, un tipo baila sin camiseta subido a un amigo. Vuelan los vasos de plástico y las pantallas siguen ilustrando el viaje de
Muse, enriquecedor y lejano para unos, excesivo para otros. Indiferente para nadie. “Time is Running Out“, recuerda a sus primeros años, a esa banda que se daba a conocer a principios de siglo reclamando su espacio. “Unnatural Selection” despide la noche antes de los bises. Aplausos, luces, un respiro, parada para repostar, alto en el camino.
Lejos de hits lololoables, los bises se convierten en los últimos kilómetros de un largo viaje, temas intensos, metafísicos, extraterrestres. “Exogenesis”, “Stockholm Syndrome” y “Kinights of Cydonia”… “Gracias, hasta otra”. Las mismas palabras que han repetido una y otra vez entre canciones. La única comunicación, las únicas palabras de unos chóferes intensos y salvajes, que se bastan, entre tres, para hacer un recorrido diferente.