ENVIAR A UN AMIGO
VISTA DE IMPRESIÓN
Texto:
J.F. León
Fotografía: Daniel Carretero
Casi de puntillas llegó a España una de las últimas promesas de la música negra, Black Joe Lewis, acompañado de sus The Honeybears.
No se trata de un guaperas musculoso que practica “arambí”, no. Es un escuchimizado veinteañero de Texas que con su música logra transportarte por el túnel del tiempo casi cincuenta años, hasta aquellos días en los que se definía a la música negra como R&B (Rhythm And Blues) y tipos como Ray Charles, Sam Cooke o James Brown comenzaban a dar forma al soul, a partir de una vigorosa mezcla de gospel, blues y rock and roll. Los mismos elementos que combina con talento y ambición Black Joe Lewis, un tipo que ha sabido arroparse por una magnífica banda, los Honeybears, que –a excepción del saxofonista- está integrada por jóvenes blancos con gafas de pasta y pinta de empollones y más cercanos a los Dap Kings de Sharon Jones que a los True Loves de Eli “Paperboy” Reed. La culpa la tiene esa ligera tendencia al funk, siempre próxima a la pulsión sexual que tenía la música del Padrino del Soul en los sesenta y con poco o nada que ver con George Clinton y Sly And The Family Stone. Gracias a la habitual desidia promocional de su discográfica, el fantástico debut de Black Joe Lewis & The Honeybears, “Tell’Em What Your Name Is!”, había pasado totalmente desapercibido –salvo para los que seguíamos su pista desde el revuelo que causó su paso por el imprescindible festival texano South By South West-, y por eso fue una absoluta sorpresa que reuniera a más de quinientas personas en una calurosa noche de julio en Madrid.
Saltó al escenario vestido de roadie, con amplias bermudas y una sencilla camiseta. Con una gorra de beisbol ladeada, un medallón dorado y tatus de muthafucka podría haber pasado por un rapero del ghetto. Pero no cupo duda alguna en cuanto ese chaval afroamericano enchufó su guitarra y comenzó a rasgar sus cuerdas: él es uno de los herederos de esa tradición musical que tuvo en Robert Johnson y Chuck Berry a dos de sus miembros más destacados. Y como éste último no ocultaba su devoción por las mujeres y su Telecaster estaba forrada de fotos de féminas ligeras de ropa, turgentes y de prominentes traseros. No dudó en besarlas mientras interpretaba “Big Booty Woman”, ese homenaje a la retaguardia de ellas.
Las comparaciones con Eli “Paperboy” Reed eran inevitables por la edad de ambos y su reivindicación de sonidos añejos, pero mientras el de Massachussets ha destacado por su asombrosa capacidad para acercarse al sonido de Stax –entre 1965 y 1967-, a Black Joe Lewis resulta más complicado ubicarle con tanta precisión y además su música resulta mucho más salvaje y primigenia. Quizá el texano no componga canciones tan redondas como las del segundo trabajo de Paperboy –el tremendo “Roll With You”, que para muchos está entre los diez mejores discos de 2008- ni tenga su privilegiada garganta, pero es un virguero de la guitarra y consigue que sus seis cuerdas escupan auténtico fuego. Además, su condición racial le permite acercarse de un modo más creíble al sentimiento original de la música negra y su directo, quizá menos vistoso, resulta mucho más natural y espontáneo, exento de las cuidadas poses e imagen de Eli, que –aunque lo niegue y se enfade cuando se lo mencionan- es un estudioso de la música negra de los sesenta y se ha convertido en un auténtico maestro en cuanto a la clonación de su estética y sonido se refiere.
En cualquier caso, Black Joe Lewis sobre las tablas no oculta sus cartas y anunció una versión de James Brown. Podría haber puesto la sala patas arriba con uno de los éxitos más conocidos de Mr. Dynamite, pero habría sido demasiado sencillo y nada en la vida de este joven cantante parece haberlo sido. Invitó a bailar al respetable al grito de “Let’s Boogie”, con un electrizante ritmo equidistante entre los primeros ZZ Top –haciendo gala de la rica herencia genética guitarrera del estado de Texas- y el jungle boogie de Bo Diddley. Para rematar la jugada no faltó el siempre efectivo truco escénico –muy bien explotado por Fleshtones, Dr. Explosión y demás combos garageros- consistente en ir arrodillándose a la par que va decreciendo el volumen y el ritmo con el que van tocando hasta que se alcanza el éxtasis colectivo cuando se ponen en pie de un salto y las guitarras vuelven a atronar.
Black Joe Lewis alternaba aullidos a lo Howlin’ Wolf con golpes de harmónica y los Honeybears se lanzaban hacia gloriosos instrumentales trufados de frenéticos solos de órgano, un Korg que sonaba a Hammond añejo mientras lo aporreaba el barbudo teclista. El público, ya completamente cómplice, le miró perplejo cuando gritó “Pucha, che quierro” para presentar la bluesera “Bitch, I Love You”, su primer éxito –a nivel underground-, el que le permitió darse a conocer y conseguir su contrato discográfico. La sorpresa llegó cuando, aludiendo a la camiseta de una de las personas de la primera fila, descargó el “I Got A Right” de los Stooges, un tema salvaje que ni siquiera aparece en los discos oficiales de la banda de Iggy Pop y que evidenciaba la cultura musical y versatilidad sonora de Black Joe Lewis. Tras un par de canciones más un enorme griterío exigió el regreso de la banda al escenario para un obligado bis que se saldó con otra buena dosis de R&B sudoroso y lascivo, de ése que hace afición.