La segunda edición del festival organizado por la revista RDL dio el pistoletazo de salida. En la Sala Heineken se reunieron un decepcionante Barzelay, unos solventes Wedding Present y el primer concierto juntos de Nacho Vegas y Christina Rosenvinge.
Pasadas las nueve y media de
la noche, el larguirucho Eef Barzelay
–ya oficialmente ex vocalista y compositor principal de los prestigiosos Clem Snide- subía al escenario para
presentar su segundo álbum en solitario, de título homónimo y que, como él bien
dijo ante el público, de momento sólo se puede conseguir en España (y
Portugal). A diferencia de los conciertos que realizara con su anterior largo,
el más ascéticamente folk-rockero “Bitter Honey”, ahora llegó acompañado por
una banda.
Pero costó pillarle el punto. El primer tema, de aroma apolilladamente
blues-rock, no hacía presagiar nada bueno. De hecho, las canciones de este segundo
álbum, bastante buenas en su gran mayoría, perdían muchos puntos al ser
desfiguradas por las interpretaciones de un Barzelay demasiado sobreactuado. La ironía y la inspiración de sus textos se
mantienen muy bien por sí mismas sin necesidad de recurrir a ‘frikismos’
escénicos. Cuando los músicos se ponían de acuerdo para subir la intensidad
eléctrica se produjeron los mejores momentos de un concierto muy escaso de
ellos.
En 1987, cuando bastantes de
los congregados en la sala no tenían ni uso de razón, The Wedding Present acababan de irrumpir en una escena indie
británica bastante diferente a la actual, presidida por fanzines de papel
fotocopiado, flexi-discs o casettes como el seminal recopilatorio “C-86” y donde tocar en una sesión
para John Peel era el cielo. En aquellos años, se llevaba la melodía envuelta
en ruido y el espíritu Smiths. David
Gedge y los suyos tomaron aquel sentimiento melódico, la lírica agridulce y
punzante de Morrissey… pero cambiaron el ruido por la velocidad y eso les hizo
únicos. “George Best” fue su álbum de debut y, para celebrar su 20
aniversario, ahora lo están rememorando en directo, al tiempo que editan en CD
su magno “Live 1987”,
conocido entre sus fans en su versión cinta.
Pero los ‘Weddoes’ se permitieron hacer dos trampas. La primera: que
sólo Gedge permanece de la formación de aquella era. Terry de Castro, Chris
McConville y Graeme Ramsay, todo
hay que decirlo, suplieron con la máxima eficacia a los originales Peter
Solowka, Keith Gregory y Shaun Charman. O, al menos, se permitieron tocar con
la misma velocidad y pericia, como una puta máquina aún cargada de sensibilidad
y emoción. La segunda trampa: que
empezaron con un tema lento y que no pertenecía a “George Best”. Luego,
quizá para ir calentando –de hecho, las utilizaron para probar sonido- caería
un ‘hit’ posterior como “Brassneck”.
A partir de ahí, y ya con el
sonido nítido, caería de un tirón aquel álbum del 87 en su versión LP inicial
(sin los cortes añadidos posteriormente en CD). Ahí estaban “Everyone Thinks He
Looks Daft”, “A Million Miles”, “All This And More”, “My Favourite Dress”
–presentada por el vocalista, no sin razón, como ‘la lenta del disco’-, “Anyone
Can Make A Mistake” o “You Can’t Moan, Can You?” recuperadas manteniendo, 20
años después, el mismo espíritu o, aún mejor, demostrando que todavía tienen
vigencia. De hecho, y como bien apuntaba Roberto Herreros, de los locales
Grande-Marlaska, el futuro vuelve a
estar en tocar rápido.
En 1987, por cierto, los
Weddoes aún hacían bises. Luego decidirían dejar esa práctica para siempre. La
noche en la Heineken
no fue una excepción, pero aún cayeron
un par de temas “adjuntos” (en palabras de Gedge) para volver a salirse del
guión. El más arriesgado fue uno de los nuevos cortes que están probando
para su próximo álbum –y que fue un poco bajón- pero, para terminar en lo más
alto, se fueron con la enorme “Kennedy”,
lo más cercano que The Wedding Present ha hecho a la canción pop perfecta en
toda una carrera plagada de canciones pop casi perfectas. Soberbios. A ver
si sigue la tradición y vuelven el año que viene.
La mayor expectación –se vio
claramente al aumentar la densidad de población en las primeras filas- la
despertaban Nacho Vegas y Christina Rosenvinge, en un proyecto de
colaboración propiciado por Rockdelux para este festival y con un mini álbum
que se ponía por primera vez a la venta en la misma sala: “Verano fatal”.
Arropados con altísima
solvencia por una banda mixta (Xel
Pereda, Manu González y Luis Rodríguez son colaboradores del de
Gijón, Charlie Bautista lo es de la
madrileña), el dúo rompió su virginidad escénica como tal con algo de timidez.
Arrancaron con problemas, con un “Me he perdido” que no sonaba del todo bien,
aunque se vislumbraban los primeros gestos de complicidad: cuando Nacho entonó “e hice chas y aparecí a tu lado”, Christina no
pudo contener la sonrisa. Llegó “Ayer te vi” y parecía que todavía faltaba
volumen para aniquilar las palabras de una multitud demasiado habladora. La cosa fue tomando forma con otras de las
nuevas canciones, especialmente la más dylaniana “Que nos parta un rayo”.
Siempre con la base de guitarra, bajo y batería por detrás, Christina alternó
guitarra con teclados, llevando la batuta en la narcótica “Humo”: imposible no
quedarse absorto cuando comenzaba a entonar “me resbalo por tus erres, por tus
emes, por tus as”. Si Vegas se mantenía
más sobrio ante el micro, aunque sin perder la intensidad interpretativa,
Rosenvinge parecía gustarse más a sí misma, tomar mayor conciencia de que
estaba encarnando a un personaje (o algo así) y, sobre todo, permitirse
jugar hasta lo indecible con su voz consciente de que se encuentra,
probablemente, en el mejor momento de forma en que ha estado nunca.
Y entonces llegaron las
sorpresas. La primera, cuando Vegas inició “Canción de palacio #7”, oscuro tema
de su EP “Canciones desde palacio” que rara vez interpreta en directo, y que
instantáneamente fue reconocido por varios de sus fans. Él presentaría la siguiente como una canción antigua de Christina que,
dijo, “después de tanto tiempo, sigue siendo igual de buena”. Era “Días
grandes de Teresa”, un tema de “Mi pequeño animal” (1994), también inhabitual
en los directos de la madrileña y que encararon a dos voces con una marcial
tensión velvetiana conducida por la batería de Manu González.
La magia ya estaba fluyendo,
y con “Días extraños”, del disco de Vegas con Bunbury –en el que Christina ya
hacía los coros-, consiguieron contagiar a un público que la cantó al unísono.
El punto velvetiano volvió con “Submission”, oscuro tema de la última etapa de
la madrileña en el que Nacho encarnó al protagonista masculino, aunque quizá
sin el punto de turbación sexual que se obtenía en la versión plastificada. Hasta que llegó el momento álgido con una
inesperada versión de “El hombre que casi conoció a Michi Panero”. Arrancó en
solitario Christina sentada al piano y enseguida el respetable la coreó a
gritos. Tanto que hasta provocó su risa. La siguió Nacho y finalizaron
entre los dos. Hubo un par de temas más de “Verano fatal”: la intimista “No
pierdes” y el eléctrico tema titular, con el que finalizaron un concierto
magnífico y que dejó con ganas de más. Si su primera noche ha sido así, no me
quiero imaginar cómo estarán cuando finalice la gira.