La banda británica llegó a Madrid con las entradas agotadas desde hace semanas y enorme expectación. Con un espectáculo sencillo pero efectivo y su colección de himnos reconocibles, se destaca como el grupo más importante del momento.
Con sólo tres discos publicados, Coldplay han vivido una ascensión al alcance de muy pocos grupos a lo largo de la historia del pop. Tan sólo Oasis han vivido una situación similar entre los grupos surgidos en los últimos 15 años. Ayer la banda llegó al Palacio de Deportes de Madrid con las entradas vendidas desde hace semanas y envueltos en un gran rumor de medios de comunicación, prueba inequívoca de que estamos ante la banda de pop más determinate del momento. Poco importa que su último disco sea el más prescindible de su hasta ahora corta carrera. Chris Martin y los suyos están viviendo su mejor época, algo que se deja notar incluso en aspectos extramusicales.
Horas antes de saltar literalmente al escenario, el cantante comparecía junto a su compañero John Buckland en la rueda de prensa organizada por Intermon Oxfam, convocatoria para exigir un comercio más justo a la que se sumaron músicos españoles como Amaral o Dover. Demostrando maneras de estrella dialogante y cercana, Martin llamó la atención sobre una causa que ha hecho suya días antes de la próxima cumbre de la Organización Mundial del Comercio. Además, dejó muestras de su papel como comunicador -”que los políticos sepan que los ojos del mundo les están mirando”, fue una de sus frases-, aunque confesó no sentirse preparado para entablar encuentros personales con las autoridades a la manera de Bono o Bob Geldof. “No estamos todavía en ese nivel”, aseguró.
Poco después, y tras una breve actuación de Goldfrapp a causa de un apagón, el líder de Coldplay apareció con los acordes de Square 1 saltando y corriendo de un extremo a otro del escenario. Era el comienzo de un espectáculo sin excesivos alardes para tratarse de una gira de grandes recintos, pero efectivo y con momentos muy conseguidos, como esas bolas amarillas gigantes (por unos instantes parecía un concierto de The Flaming Lips) que al estallar descubrían una lluvia de confeti dorado durante la interpretación de Yellow. Alternando temas de sus tres trabajos, fueron dosificando sus temas más conocidos, himnos que parecen compuestos para ser interpretados ante multitudes pero que, sin embargo, no diluyen su atractivo con el propósito de llegar a todos los públicos. Esa es probablemente la mejor virtud de Coldplay: construir canciones cercanas y coreables sin perder la dignidad.
Con una pantalla en la que se sucedían distintas proyecciones, entre ellas los códigos de colores que ilustran la portada de X&Y, el set tuvo momentos de distinta intensidad. La parte más floja llegó con los cuatro miembros del grupo en círculo interpretando Til Kingdom Come. Y dejando sus mejores bazas para el final, llegó un In My Place que resume perfectamente las características del grupo: accesibilidad, inmediatez y un punto nostálgico pero no amargo. Su directo sirvió además para constatar que Martin parece cada vez más cómodo en su papel de entertainer. Saltó, se tumbó en el suelo, hizo el pino-puente y se atrevió incluso a cambiar la letra de God Smile Upon Your Face con el inconfundible estribillo de Yellow Submarine. Se podrían buscar fallos y afilar el sentido crítico ante su propuesta. En ocasiones suenan demasiado complacientes, demasiado inofensivos, y varias de las piezas incluidas en el directo –sobre todo varias de X&Y- no están a la misma altura que el resto, pero poco de eso importa. Coldplay están viviendo su momento de gloria. Con Fix You se despidieron del público dejando la sensación de que les quedan muchas cosas por decir.